Con el tiempo
Con el tiempo, con las experiencias, con las lágrimas, con los “Déjà vu” pensamos que sabremos adelantarnos a todo aquello que vaya a generar sufrimiento. Pues no, nada más lejos de la realidad, nada de todo lo anterior sirve para nada. Te la pegas de nuevo, y lo haces como si fuese la primera vez, y duele, y aunque es un dolor más maduro, duele una barbaridad.
Lo peor? El no entender. El llegar al mismo punto y preguntarte que he de aprender esta vez de esta caída si llevo 5 consecutivas. No hay respuestas. Al menos yo no las encuentro.
Dos personas se conocen, al momento se gustan muchísimo, juegan a ser adultos, y se enamoran, intentan alternar cabeza y corazón, ardua tarea. Y son tan iguales que parecen distintos.
Y ella no se parece a nadie que el haya conocido, ella toca su corazón por primera vez, porque ese es su arte, esa es su magia, conseguir muchas primeras veces.
Pero ella sabe que no pertenece a nadie, nada la llena lo suficiente como para cerrarse al resto. Cuando tu alimento es el compartir, el sentir, el aportar, el regalar no puedes regresar a tu jaula de oro, porque allí, el pájaro nunca canta. No hay exclusividad.
La coherencia con uno mismo trae consigo puertas que se cierran, gente que se va, miradas perdidas, tardes vacías y algunas lágrimas.
Hace poco me decían que la autenticidad para con uno mismo, tiene un precio.
Ahora sonrío y lo entiendo.
Regreso a la cocina, dudo entre café o chocolate. Me decido por el primero, uno con cuerpo, con aroma de vainilla y pimienta. Miro por la ventana, el atardecer trae consigo bandadas de estorninos, hay muchísimos, centenares diría yo. Vuelan libres, vuelan juntos, pero vuelan al fin y al cabo. Pienso en lo perfecto que sería poder unirme a ellos, verlo todo desde esa perspectiva, la altura, el tiempo.



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