"Aquel día"

Menudos nervios los de aquel día, recuerdo que mis dedos eran extensiones torpes y un tanto inútiles, todo acababa en el suelo de una forma asombrosa.
Una fría  mañana en la que yo debía coger un tren.
Una fría mañana de finales de enero de hace ya unos cuantos años.
Recuerdo el trayecto y  las decenas de mensajes que intercambiaba con Tom, recuerdo que trataba de calmarme todo el tiempo, recuerdo su típica frase para solucionarlo todo,"no te pongas nerviosa", sonrío al recordar la conversación absurda que manteníamos, las cien veces en las que me dijo, deja de tocarte el pelo o vas a llegar despeinada. Mi respuesta siempre la misma, que sabrás tú de pelos si no te has peinado en la vida.
Ahora sonrío.
Recuerdo tus mensajes avisándome de la hora en la que ibas a terminar tus cosas, el lugar en el que íbamos a quedar, recuerdo que no dejaba de pensar en que me iba a  perder, una y otra vez.
Llegar me pareció lo más hermoso, sentirte aun más.

 
Debían ser cerca de las dos de la tarde cuando yo te esperaba en aquella hermosa plaza, sentada en un banco de madera desgastada verde y raída por el clima y el tiempo, lleno de corazones grabados de desconocidos que sellaban así un amor eterno. Mis pies semi enterrados bajo montones de hojas secas de muchos colores, las manos inquietas sujetando un teléfono.

 
Había sido un mes de frío intenso, de lluvia, de días raros, pero ese día se mostraba amable, benevolente y un sol hermoso, blanco y tibio mimaba todo lo que tocaba, regalándonos así un escenario de luz y calor.
Éramos como ese día, ambos brillábamos por todas las sensaciones acumuladas, las ganas, los nervios, la emoción, el deseo, el sentir, al fin tú y yo.
Las hojas secas bailaban bajo mis pies, se arremolinaban al compás de la guitarra de "The Edge" que se escapaba alegre y bulliciosa de aquel cercano bar, me sentí un poco más en casa.

Apareciste tú, doblaste la esquina como si yo siempre hubiese estado al otro lado, me pareciste mucho más alto, sonreíste, me miraste fija y detenidamente como si quisieras grabar aquel momento para siempre, me enamoré, primero de tu sonrisa, después de tu mirada y finalmente de ti. Días atrás me había enamorado ya de tu voz, y antes de eso me enamoré de las letras que me escribías siempre al acabar los días.
Acabé enamorándome de tu vida caótica, de la forma en la que lo relativizabas todo, de tu inteligencia, de como mi mano se sentía entre las tuyas, y de la respiración que me faltaba cada vez que me mirabas.


Me preguntaste donde quería comer, te dije que eso no iba a decidirlo yo, me abrazaste, sonreíste, cogiste mi mano y exclamaste un seguro y bonito ¡Ya sé dónde vamos a ir! mientras nuestros pasos empezaban a andar juntos, en la misma dirección, la primera de las muchas veces que anduvimos así. Sentados alrededor de una mesa que templaba nuestros nervios, bebiendo a grandes sorbos un vino que elegiste sin dudar, chocamos nuestras copas celebrando nuestro encuentro, y para entonces yo estaba tratando de contener con mucha dificultad a una rebelde y loca voz interior que no cesaba de gritar  ¡Bésame!.


Eres preciosa dijiste, respondí con un tímido gracias.
Puedo besarte fue la pregunta, un sí nervioso la única respuesta, la voz interior daba saltos de alegría y ovacionaba el momento con pasión mientras exclamaba  ¡Otra vez, otra vez!.

Recorrimos las frías calles como un par de adolescentes enamorados, bebimos muchos "Margaritas" en el bar del Maestro "Sabina", allí pasamos un tiempo hermoso, comiéndonos a besos y con tus dedos recorriendo mi agitada espalda.
Me besabas a cada punto y aparte de tus frases.
Te besaba a cada punto y seguido de las mías.
Tu mirada decía te quiero, la mía tan cómplice de la tuya te respondía que yo también.

En tu mirada, mis lágrimas silenciosas.
En tu mirada, una estación.
En tu mirada, un hasta pronto.

Subí a ese tren sin dejar de mirarte, no dejabas de sonreírme, tu mano se agitaba entre la multitud y un hasta pronto flotó entre los dos.


Recuerdo las hojas de aquella plaza, el remolino de colores bajo mis pies.
Recuerdo que no sabía que diría al verte.
Recuerdo que me preocupaba que pudieses escuchar lo desbocado que latía mi corazón.
Recuerdo que nada nunca me había parecido tan bonito.

Terminé el café que bebía despacio tras los cristales, las nubes grises estaban a punto de abrirse como una fruta madura que ya no puede contenerse más, una primera gota a la que la siguió de cerca otra, a lo lejos se adivinaba el arcoíris, un rayo de sol se estiraba para anunciar que no estaba todo perdido, creo que en aquel instante yo vivía ya en una eterna primavera.

 










Comentarios

  1. Sabes, lo que realmente hecho menos en esta historia es el final feliz, se merecía un final feliz; por lo rabiosamente bucólico que ha sido el ritmo de la historia, aunque que se que el reloj de arena sigue en marcha y la tinta revuelve impaciente... se que habrá final feliz ;) .

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    1. No puede haber un final feliz con una persona que no lo es ;)) adore you! ;)

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