Con ayuda del Sr. Wilde

Amanece pronto, el sol se asoma puntual  y silencioso, abriéndose  paso entre una fatigada noche que clama ansiosa el relevo, las estrellas van entrando en sus casitas de paredes blandas de algodón. El día me sorprende descalza en la cocina, apoyada en la ventana observando como todo empieza a funcionar de nuevo, las luces de las cocinas vecinas encendiéndose en busca de café, los pájaros iniciando los vuelos de inspección en busca de alimentos para los más pequeños, lanzándose  desde lo alto de las frondosas copas de los verdes árboles.

 
Zapatillas multicolor trotando por las grises calles, crujidos de cemento por los pisotones recibidos.
Jardineros barriendo hojas secas y regando céspedes que beben con toda la sed de una larga noche de sequía y calor.
El aroma del pan recién hecho recorriendo las calles, el sonido de la tostada que cruje, el dedo que se chupa por el aceite que resbala.
La larga ducha, los botones que se abrochan, el pelo recogido, y las gafas de sol ocultando unos ojos que se niegan a despertar.
Me pregunto que noticia ocupará la portada del periódico, me pregunto si el mundo seguirá matándose mientras el resto sigue mirando hacia otro lado, me pregunto cuando las cosas cambiarán de verdad, me pregunto porque nos conformamos con la mentira cuando sólo existe una verdad.

Los mensajes que van llegando aportan luz y calor a cualquier momento que se haya podido oscurecer por la realidad que a veces supera pero que nunca vence.
Me pregunto de donde sacará tanta fuerza el corazón, me pregunto si es consciente de lo inconsciente que a veces es, me pregunto si sabe que luego soy yo quién debe repararlo.
Pasa mi día teñido de azul.
Pasa tu imagen una y otra vez.
Pasa el café con hielo.
Pasa el verano lentamente.

Y yo que cada vez estoy más lejos de saberlo todo, me pregunto si seguir o parar, me pregunto porqué a veces cuesta tanto olvidar un momento, me pregunto si me regalarás el final del cuento, me pregunto si sabrás entender que no me importa que ese final prometa un feliz en plural y un par de perdices, me pregunto si serás capaz de quererme como yo lo necesito.
Me pregunto si seguiré respondiendo que ese tren no era el mío.
Me pregunto si volverás a cantarme esa canción.
Me pregunto si seré capaz de hacer la maleta y sacar un billete de sólo ida.

Me asusta que la gente dependa de mi, se despierta una ansiedad vestida de negro cuando siento que la obligación  camina de la mano de la presión no controlada, puedes contar conmigo pero no puedo prometerte amor eterno, puedo hacerte feliz pero no puedes pedirme que lo haga, puedo estar ahí pero no puedes recriminarme la ausencia.
Mi aliento y mi agonía.
Las ganas y toda la melancolía.
La membrana permeable y la escasez de agua.
La felicidad que no se alquila.
Las heridas con espinas.
El escudo que jamás bajó la guardia.
Muchas llaves y una única cerradura.


Me pregunto si sabes que me bastó muy poco para enamorarme así. Me pregunto si sabes que se puede amar sin sufrir. Me pregunto si sabes que los peces se enamoran cada día por enésima vez. Me pregunto si un corazón fuerte late más deprisa. Me pregunto que viste en mi. Me pregunto si seré ese reto imposible.
La suerte equivocada, la diana que se quedó sin centro, los intentos fallidos, las manos levantadas, rendición y paz, bandera blanca izada en contacto con tu piel, tu mano que no deja ir, las ganas en tus ojos, el miedo, la voz que calma, el corazón que grita desde la oscura mazmorra ¡Encuéntrame! los besos que cuentan verdades, el abrazo que llega para curarlo todo.

 
La noche entra elegante y feliz por la ventana, la luna cómplice y mujer, los ojos cerrados, el aroma del jazmín que me recuerda que existe un vino perfecto para maridar con el momento. La copa que centellea con el reflejo de las estrellas que ocupan ya sus posiciones.
Me pregunto si es mejor empezar por uno mismo cuando hay que hablar de dos. Me pregunto si este será mi destino. Me pregunto si sabes que así yo soy feliz. Me pregunto si tus besos podrían mejorar el momento. Me pregunto si en tus ojos yo sería alguien mejor.



"No pasemos de un fuego a otro fuego,de un tormento apasionado a un deleite mortal, pues muy joven soy para vivir sin deseo, y tú demasiado joven para malgastar esta noche estival en esas ociosas preguntas que los antiguos hacían a oráculos y augures, que jamás respondieron. Pues, amor, sentir es mejor que saber y la sabiduría es un legado estéril, y un sólo latido de pasión, tu primer arrebol, vale por todos los proverbios del sabio; no dejes que la muerta filosofía hiera tu alma, ¡tenemos corazón para amar, labios para besar!.
Escucha el susurro del ruiseñor como el agua burbujeando en una jarra de plata, cuyo canto es tan dulce que la Luna empalidece de envidia, esa Luna suspendida en lo alto del cielo que no puede oír la arrebatadora melodía. Mira cómo curva cada uno de sus cuernos la niebla, ¡oh, lejana y hacendosa Luna! ¿Acaso los blancos lirios en cuyas copas sueñan las abejas, la nieve de pétalos que cae cuando la brisa agita los castaños o el destello de las ramas tiernas en el agua no colman tus anhelos, no bastan a tu deseo?.
¡Ay! De sus tesoros ya nada más ofrecerán los Dioses los elevados Dioses hartos ya y pesarosos de nuestros pecados sin fin, de nuestro vano intento por expiar mediante el dolor, la penitencia o la oración, los perdidos días de juventud. Pues ya nunca más escucharán al bueno o al malo, y enviarán la lluvia sobre el justo y el injusto. Nuestros Dioses descansan tranquilos esparciendo con pétalos de rosas su vino oloroso, y duermen bajo los árboles que se mecen suavemente, allí donde los asfódelos y los lotos amarillos se abrazan. Y se lamentan por los alegres días del pasado, cuando no sabían de la maldad del hombre y vivían en un sueño. Y en la lejanía, contemplan sobre el broncíneo suelo el enjambre de hombrecillos, como si fueran insectos, el hormiguero de minúsculas vidas y después, hastiados, regresan a sus refugios, los lotos, y se besan en la boca y escancian divino licor de amapola que les sume en un sueño purpúreo.
El Sol, divino poseedor del fuego trocado en oro, enarbola allí su flamígera antorcha, y cuando las doce vírgenes hubieron tejido la relumbrante trama del mediodía, la Luna se desprendió de los brazos de Endimión a través de la rosada bruma, y desfallecieron los Dioses vencidos por pasiones mortales. Por el prado cubierto de rocío avanza la Reina Juno, con los blancos pies salpicados por el azafranado polen de los lirios esparcidos por el viento, mientras Ganimedes brinca en el cálido mosto de ambarina espuma, desmadejados sus rizos como cuando al asustado muchacho se lo llevó el águila a través de las azules auras jónicas. Oculta en el corazón verde de algún jardín, la Reina Venus, en compañía del pastor, con su cuerpo cálido y suave como una rosa silvestre cuya blancura el orgullo arrebola, ríe dulcemente al Amor mientras la celosa Salmacis atisba a través de los mirtos y suspira dolorosamente por la perdida felicidad. Jamás soplan allí los lúgubres vientos del norte, que hielan y desnudan nuestras forestas iglesias, ni cae jamás la ligera nieve de plumas blancas, ni osa el rayo de dientes rojos sacudir la noche engarzada en plata mientras yacemos llorando un dulce y triste pecado, un deleite ya muerto.
¡Ah! Ellos conocen la lejana primavera del Leteo y los ocultos manantiales de aguas violetas donde el deshecho y fatigado pie del caminante descansa y emprende de nuevo el viaje; y saben de las ocultas fuentes del cristalino brebaje donde las almas insomnes liban el bálsamo del sueño.
Mas oprimimos nuestra naturaleza y Dios o el Hado son nuestros enemigos, y desfallecemos o nos nutrimos en una inútil contrición. ¡Nacimos demasiado tarde! ¡Y qué bálsamo es el pulverizado sopor de la amapola para quien en un finito latido del tiempo conjugara el júbilo del infinito amor y el dolor del infinito crimen!
¡Oh! Estamos hartos de este sentimiento de culpa, hartos de los goces desesperados del amante, hartos de cada templo que levantamos.
Cansados de toda justicia, de las plegarias sin respuesta; pues el hombre es débil, Dios duerme, y lejos está el cielo. Un instante intenso: un gran amor, y después sólo morir.
¡Ah! Jamás ningún barquero su negra chalupa habrá de arrimar a la desierta ribera, ni moneda de bronce alguna podrá comprar para las almas la travesía del río de la Muerte hacia la tierra sin Sol; de nada sirven la víctima, el vino y las promesas; la tumba está sellada y los muertos, muertos. Nos movemos en los aires supremos, estamos hechos de lo que palpamos y vemos, y con la sangre de nuestras venas se embellece el Sol y con nuestras fértiles vidas verdean los árboles henchidos de primavera, y somos hermanos de las bestias, y la vida es sólo una y todo es mutación. Con latidos de sístole y diástole, una gran existencia palpita en el gigantesco corazón de la tierra y poderosas las olas del Ser fluctúan desde el germen enervado al hombre, pues participamos de cada roca, de cada pájaro, de cada fiera, de cada colina,  unos con la esencia que mata y otros con la que devora.
Desde las íntimas células de la incipiente vida pasamos a la cumplida perfección; y así envejece el mundo: los que ahora somos divinos, fuimos informe masa de bullente púrpura rayada en oro, insensibles a la desdicha o alegría, y castigados por la furia de algún mar tormentoso. Esta dura ardiente llama que nuestros cuerpos quema inflamará algún día los prados cubiertos de narcisos. ¡Ay! Tu plateado pecho florecerá en nenúfares y los campos que el arado quiebra serán provechosos para nuestro amor esta noche; nada se pierde en la Naturaleza, todo vive de la Muerte.
El primer beso del joven, la primera campanilla del Jacinto, la última pasión del hombre, la última lanza roja que emerge del lirio, el asfódelo que se resiste a dejar florecer sus frutos por miedo a su excesiva belleza, el tímido pudor de la novia ante los ojos del amante, todos ellos están consagrados por el mismo Sacramento. Y no sólo nosotros, pues también sacudirán la tierra las pasiones del amor, y los rubios ranúnculos que se agitan de gozo al alba saben de un placer tan real como el nuestro,  cuando la frescura de los bosques en flor aspiramos la penetrante primavera y la vida es bella. Y cuando los hombres nos entierren bajo los tejos, tu boca carmesí será una rosa y tus dulces ojos campánulas empañadas de rocío, y cuando los blancos narcisos, retozando con el viento, sus lascivos besos les brinden, temblarán nuestras cenizas y jóvenes nos volveremos a sentir.
Y así, despojados del consciente tormento del mundo, en alguna dulce flor nos iluminará el Sol y desde la garganta del pardillo volveremos a cantar, y como dos brillantes serpientes reptaremos por nuestros sepulcros o como dos tigres nos deslizaremos por la jungla donde duerme el león de amarilla pupila y con él lucharemos. ¡Cómo se agita mi corazón pensando en esa vida sublime después de la muerte, convertidos en bestias, pájaros y flores, cuando esta copa colmada del espíritu estalle en busca de aire y con las pálidas hojas de algún día de otoño el primer conquistador del alma de la tierra se convierta en la última gran presa!
¡Imagínatelo! Nos infiltraremos en toda la existencia sensorial; el carpídeo Fauno, el Centauro, los Elfos de ojos risueños que interrumpen su danza para atisbar el alba sobre los prados no estarán más cerca que tú y yo de los misterios de la Naturaleza, pues oiremos latir el corazón del zorzal, y crecer las margaritas, y las campanillas en los días grises suspirar por el sol, y sabremos quién hila las argentadas telarañas, y quién dibuja con arabescos la orquídea, y con qué grandes alas vuelan las águilas de pino en pino.
¡Ah! ¡De no habernos jamás amado, quizás el narciso nunca hubiese atraído a la abeja a su dorado seno, ni el rosal encendido los matojos con linternas carmesíes! ¡Acaso ninguna hoja hubiera brotado en primavera sino para humedecer los besos y los labios de los poetas! ¿Se habrá apagado la luz de nuestro espléndido sol o es esta tierra laberíntica menos bella desde que somos herederos de la Naturaleza, con todas las pulsaciones de vida que agitan el aire? Mejor será que nuevos astros surquen los cielos y sobre flores y campos se cierna un nuevo esplendor.
Y nosotros dos, que la naturaleza juzgamos, estaremos juntos y el gozoso mar será nuestra vestimenta, y la aristada estrella  sus flechas lanzará para alegría nuestra. Seremos parte del poderoso universo entero y a través de los eones con el Alma del Cosmos nos confundiremos. Seremos notas de esta grandiosa Sinfonía cuya cadencia gira por las esferas rítmicas, y el palpitante corazón del Mundo vibrará al unísono con nuestro corazón.
Los años robados ya abandonaron su horror; no hemos de morir. El propio Universo será nuestra Inmortalidad."

" Pantéico".
Oscar Wilde.











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