El último punto y final

La noche anterior había sido tan extraña en su forma y contenido que el día había empezado anunciando maneras con contratiempos de todo tipo, un despertador que no suena, un café frio, una voz callada, un silencio que araña, una ducha estropeada, unas tostadas quemadas y las ganas en el cubo de la basura.
La noche anterior había sido larga, tan larga que podías darle vueltas a todas las palabras pronunciadas, podías trenzarlas en un clavo que había dejado de estar al rojo vivo, podías formar pelotas con ellas y lanzarlas con toda la furia y el resto de la rabia.
La noche anterior había estado llena de todo menos de mi, de mi cordura, de mi sentido común, de la fe que ya pasaba de largo, de las manos que se apoyan en un rostro cansado de ver las mismas situaciones y sentir las mismas decepciones.


Un taxi que se llama en mitad de la noche con destino a ninguna parte.
Una convicción que te abraza como única tabla de salvación, una pequeña voz interior que crece a medida que te alejas de aquel infierno, una sonrisa que lucha por recuperar el trono, un viejo bar que huele a naftalina y melancolía, y una mirada lejana.
Un hombre que se sienta en una mesa sucia y pegajosa, un café que sabe a calcetín viejo, unas palabras típicas que no sorprenden, una mujer segura de si misma que se levanta, paga, y se marcha sin mirar atrás.

Echaba de menos el aroma de una casa en la que se han pasado los mejores años.
Echaba de menos verte con el delantal y en ella.
Echaba de menos abrazarte y no decir nada.
Echaba de menos tu voz meciendo mis sentidos.
Echaba de menos el tiempo que vivimos, el que se nos escapó, el que no percibimos como nuestro, el que nos fue regalado, el que aunque disfrutamos, se nos hizo demasiado corto, el que nos vio sonreír y llorar, el que nos sorprendía bailando cada tarde antes de cenar, el que no pasó.

La noche anterior había sido triste, lo bastante triste como para comprobar las grietas, algunas de ellas tan profundas como el dolor que nos separaba, tan afiladas como el rencor que se almacena en los duros inviernos y que ninguna soleada primavera consigue sanar.
La noche anterior había sido un punto y final en nuestro libro.


Cansada y ausente arrastraba los pies por la vieja casa, como un fantasma que ha perdido su sábana, como un león explorando territorios desconocidos, como una flor sin tallo, como un suspiro sin dueño, como una gota sin gravedad, como un fuego que no arde, como una copa vacía, como una esperanza perdida. Cansada.
Examinaba las habitaciones tan bien conocidas, ahora deshabitadas, tristes como la noche y ausentes como la vida que no se concibe, la que no se vive, como el corazón que ya no late, como el camino que llega a su fin.
La cama de siempre, la de los primeros recuerdos, la que crujía, la de hierro forjado y colchón de muelles, la que huele a ella, la que me cobijaba sueños y alimentaba esperanzas, la que sabía más de mi que nadie.


Un sueño intermitente, corto pero bien aprovechado, una cabeza reposada, unas neuronas reconfortadas, un estómago que se queja de las horas que pasan ajenas a él y la firme promesa de una vida nueva que empezará tras un buen desayuno.
Nada en aquel barrio había cambiado, las mismas farolas, las mismas fachadas desconchadas y con ávida necesidad de una buena mano de pintura, las mismas gentes que las cruzan, las mismas prisas saliendo y entrando de los pequeños comercios, el mismo aroma de madera y carbón flotando en un aire que envuelve.

 
 Las mismas conversaciones sobre hijos que crecen deprisa, sobre los puestos que ocupan, sobre el dinero que ganan, sobre las mujeres que tienen, los nietos con nombres extraños cuyas abuelas fingen saber pronunciar. Hijos que siempre se van de vacaciones en agosto, con la caravana que compraron con los ahorros que tenían, la misma caravana blanca con rayas azules que les ve discutir porque la mujer de la casa está harta de viajar así, la misma caravana de la que él sale siempre orgulloso, la misma que anuncian en la página dieciséis de aquella revista de artículos de segunda mano bajo un cartel que anuncia "Se vende".

Tras hacerme con algo de pan, y atravesar en silencio la jungla de cemento y palabras que siempre sobran, trato de llegar sana y salva a mi cuartel de invierno anunciando en un cartel amarillo que quiero que la primavera pase de largo este año.
Concentrada en mis pensamientos no veo la mano que se acerca a mi brazo, ni la sonrisa que se dibuja en un rostro que no desconozco del todo.


De todas las personas, él.
De todas las miradas, la suya.
De todas las sonrisas, la más dolorosa.
De todos los momentos, el peor.
Me abrazas fuerte, me haces girar y me vuelves a abrazar, de todas las palabras que pronuncias sólo escucho parte de una frase que no me sorprende en absoluto, algo sobre una separación de una mujer que nunca te quiso, de una mujer con la que no tenías nada que ver, de una mujer que no fui yo.
-Voy a vivir una temporada aquí, acabo de divorciarme dices sonriéndome.
-Estupendo, musito yo.
-Estás más guapa que nunca, no pude olvidarte, siempre pensaba en ti, y lo exclama como si parte del cielo debiera saberlo, como si eso fuera la señal para soltar cuatro palomas blancas y un enorme telón de terciopelo polvoriento y pesado anunciase un "Al final fueron felices y comieron perdices".


Le miro sin decir nada, ni siquiera sonrío, ni siquiera soy capaz de expresar nada que él pueda interpretar, mis brazos inertes cayendo impasibles a los lados, una seguridad en el alma, y una voz que me dice qué hacer.
Me doy la vuelta y prosigo mi camino, el anciano gris del suelo me parece más lleno de color y vida que nunca, alguna que otra señora mayor me saluda con un ligero movimiento de cabeza, un grupo de niños corre tras un balón, un gato huye y no sé muy bien si de la pelota o de los niños, y una ráfaga de viento me obliga a darle otra vuelta a la bufanda, habrá que ir a por leña digo para mis adentros mientras una sonrisa empieza a calentarme el corazón pensando en el largo invierno que no ha hecho más que empezar.













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